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El Casco Viejo. Siempre me ha gustado...

Publicado 22 agosto 2017, En Evento

Por Aiala Lekuona, nieta de Fernando Artola “Bordari”, escritor y poeta vasco  

Será porque inevitablemente pienso en mi abuelo, en su largo abrigo negro bajo el que mi hermano y yo nos escondíamos cuando subíamos la calle Mayor las noches de invierno, en parte porque hacía frío y sobre todo porque las tenues luces anaranjadas de las escasas farolas creaban sombras que nos daban miedo. En días húmedos, los pulidos adoquines del suelo resbalaban muchísimo y nos agarrábamos fuertemente a sus piernas para no caer mientras escuchábamos ese silencio que aún me reconforta.

El Casco Viejo también me gusta porque está envuelto en murallas, como un caramelo.

Hay casonas con nombres que llenan la boca: Palacio de Ramery, Palacio de Zuloaga, de Eguiluz, de Casadevante, castillo de Carlos V,… Una que ha crecido leyendo a Andersen, Grimm y Perrault enseguida se imagina cuentos de caballeros, princesas, piratas y maleantes. El escenario es perfecto: angostas calles empedradas, casas con balcones de forja y hermosos aleros, una plaza semiescondida, la Plaza del Obispo, de las más antiguas de la ciudad, pequeña pero perfecta y que se encuentra a escasos dos minutos de nuestro hotel.

Me gusta que esas paredes me susurren historias. A veces duran lo que tardo en recorrer la calle mayor, otras veces, permitiéndome un regodeo me paseo por Panpinot, Eguzki, Ubilla,… para terminar siempre en la Plaza de Armas, donde el golpe de salir de la penumbra a la luz del mar, hace que esas historias, mis historias, siempre tengan final feliz.

En esta plaza se encuentra El castillo de Carlos V que junto con la torre de la Iglesia de Santa María de la Asunción y del Manzano, es uno de los elementos principales del skyline de Hondarribia. 

Hay pocos días al año donde se rompe el silencio. El más importante, sin duda, es el 8 de septiembre, día en que se celebra el Alarde para renovar el voto a la Virgen de Guadalupe y conmemorar la liberación de la ciudad del asedio sufrido en 1638 en el marco de La Guerra de los Treinta Años.

Desde tempano por la mañana con el toque de diana, se despiertan todos los hondarribitarras dispuestos a dejarse arrastrar por el Titibiliti tocado por los miles de pífanos y tambores durante todo el día.

Los imponentes hacheros, con sus morriones blancos, son los que abren el desfile, los siguen la Tanborrada, la Banda de Música, el Burgomaestre y su escolta de caballería, todas las tropas de los diferentes barrios con sus característicos uniformes para terminar con la artillería y el cabildo.

Es un día alegre en todos los sentidos. Ese día no hay silencio en el Casco Viejo, y también me gusta.